sábado, 18 de junio de 2016

El barco

por Elías Quinteros



¿Cómo estábamos antes? ¿Cómo estamos ahora? ¿Estamos mejor? ¿O estamos peor? ¿Cómo estamos? Hace un tiempo, ante una multitud que la escuchaba bajo la lluvia, Cristina Fernández planteó esta inquietud. Y, al realizarlo, estableció de una manera simple y precisa el eje de la discusión. ¿Cuánto gastamos en estos días? ¿Gastamos menos que el año pasado? ¿Gastamos lo mismo? ¿O gastamos más? Todos sabemos cuál es la respuesta correcta. Nadie ignora qué sucedió con la electricidad, el gas, el agua y el teléfono; con los productos lácteos, la carne, las verduras y las frutas; con el transporte público; con la nafta; con las expensas de los edificios; con los alquileres de las casas y los departamentos; y con las cuotas de los colegios privados y las empresas de medicina prepaga; entre otras cosas. En unos pocos meses, todo se encareció notablemente. Los precios se elevaron hasta el cielo. Y el poder adquisitivo de las remuneraciones se redujo de un modo apreciable. Nosotros —que no figuramos entre los criadores más importantes de ganado, ni entre los productores más importantes de trigo, maíz, girasol o soja; y que no constamos entre los accionistas de una explotación minera, una industria que tiene una posición dominante, una empresa que presta un servicio público, una cadena de supermercados, un banco o un grupo comunicacional—; no pertenecemos a los sectores que se beneficiaron con las decisiones del gobierno nacional y, por ende, con la transferencia de riquezas que se produjo como consecuencia de esas decisiones. A diferencia de los que «ganaron» con la llegada de Mauricio Macri a la presidencia, no obtuvimos nada con la devaluación de la moneda, la eliminación total o parcial de las retenciones, el incremento de las tarifas y los precios, el aumento de los desocupados, el pago de la deuda reclamada por los «fondos buitres», etc. Nosotros, para decepción de los que suponen lo contrario, pertenecemos al bando que perdió, al bando que entregó una parte sustancial de sus ingresos a los que tienen más dinero. Al respecto, si votamos por Daniel Scioli o Mauricio Macri, si votamos en blanco o si, directamente, no votamos, carece de importancia. La circunstancia de ver a los sectores dominantes desde afuera y, en especial, desde abajo, es lo concluyente.

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Nosotros, los que perdimos, teníamos un país. Este no era perfecto. Pero, tampoco constituía una calamidad. Había mejorado enormemente con el paso de los años, por obra de todos los que lo habíamos reconstruido día a día, ladrillo a ladrillo. Por otro lado, la posibilidad de hacer lo que faltaba y de modificar lo que estaba mal no era algo quimérico, sino algo factible. Mas, eso no duró mucho. A partir de la asunción presidencial de Mauricio Macri, nuestro país desapareció. Dejó de existir. Y adquirió la inmaterialidad de un recuerdo. Los cruzados del neoliberalismo lograron esa proeza. Como los terremotos, los tornados, los incendios o las topadoras que destruyen en unos instantes una casa que, quizás, fue construida a lo largo de una vida, socavaron en seis meses una obra que costó doce años de sacrificios. El resultado de su actuación deja en claro que un gobierno conservador y revanchista que carece de planificación y tacto político es nefasto para el pueblo porque éste sufre las consecuencias negativas de las medidas que favorecen a los sectores dominantes y las consecuencias negativas de las torpezas que sabotean la gestión gubernativa. Esta es una situación que nos perjudica por partida doble y que, como añadidura, nos desconcierta profundamente. Aquí, no estamos ante unos hombres y unas mujeres de la derecha vernácula que llegaron a la Casa Rosada, los ministerios y las secretarías, tras el derrocamiento del gobierno, la desestabilización de la economía, la proscripción política de la oposición, el fraude electoral o la utilización de una fuerza «popular» o «progresista». Aunque emerja como una cuestión ilógica, nos hallamos ante una fuerza conservadora que fue votada por la sociedad, a través de un procedimiento democrático. Quienes sufragaron por Mauricio Macri y, luego, perdieron su empleo, su comercio o su empresa por la política oficial, no lo hicieron obligadamente. Lo hicieron en forma voluntaria.

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Desde que llegaron, los neoliberales de la actualidad quieren borrar las huellas del kirchnerismo. No perdonan su obra de gobierno. No perdonan el incremento de la producción y el trabajo, ni la vigencia de los derechos laborales, ni la ampliación del mercado interno, ni el aumento del consumo, porque eso favoreció los intereses de los trabajadores y los empresarios pequeños y medianos. No perdonan la modificación de la Corte Suprema de Justicia, ni la defensa de los derechos humanos, ni la admisión del matrimonio igualitario, ni la regulación de la muerte digna, ni la promoción del Memorándum de Entendimiento con la República Islámica de Irán, porque eso contempló los reclamos de varios sectores de la sociedad. No perdonan la llegada de Cristina Fernández a la presidencia de la Nación, ni el desempeño de un cargo tan importante por parte de ella, porque eso reivindicó la condición de la mujer. No perdonan el otorgamiento de la Asignación Universal por Hijo, ni la multiplicación de las vacunas que son obligatorias, ni la creación del canal educativo Pakapaka, ni la entrega de netbooks a los estudiantes, ni la posibilidad de votar con dieciséis años de edad, porque eso mejoró la situación de los niños y los jóvenes. Y no perdonan la universalización de los beneficios previsionales, ni el aumento de las jubilaciones y las pensiones, porque eso modificó la existencia de los ancianos. Por lo visto, no cuestionan al kirchnerismo por lo que no hizo, ni por lo que hizo mal. Lo cuestionan por lo que hizo bien. A raíz de esto, transformaron el Salón de las Mujeres Argentinas de la Casa Rosada en una oficina común y corriente. Reemplazaron las imágenes de los próceres argentinos que adornaban el despacho presidencial por imágenes que no tienen un contenido político. Retiraron los cuadros de Néstor Kirchner y Hugo Chávez que integraban la Galería de los Patriotas Latinoamericanos de la Casa de Gobierno y engalanaban el balcón que era utilizado por Cristina Fernández cada vez que daba sus discursos a la militancia. Eliminaron la obligación de incluir el canal Telesur en la grilla de los operadores de cable. Destruyeron el muñeco de Zamba que estaba en Tecnópolis. Desmantelaron la sala que homenajeaba a Néstor Kirchner en el CCK. Reubicaron los bustos de Juan Domingo Perón, Héctor J. Cámpora y Néstor Kirchner que estaban emplazados en el hall central de la Casa Rosada. Y retiraron la camiseta de Racing y los mocasines de Néstor Kirchner que yacían en Museo del Bicentenario.

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Pero, esto no es nuevo. El 5 de marzo de 1956, Pedro Eugenio Aramburu firmó el Decreto-Ley N° 4.161. Esta norma prohibía la utilización con fines de «afirmación ideológica peronista» o «propaganda peronista»; por «individuos aislados», «grupos de individuos», «asociaciones», «sindicatos», «partidos políticos», «sociedades» y «personas jurídicas públicas o privadas»; de «imágenes», «símbolos», «signos», «expresiones significativas», «doctrinas», «artículos» y «obras artísticas»; como la «fotografía», el «retrato» o la «escultura» de los «funcionarios peronistas» y de sus «parientes»; el «escudo» y la «bandera peronista»; el «nombre propio» del «presidente depuesto» y de sus «parientes»; las expresiones «peronismo», «peronista», «justicialismo», «justicialista» y «tercera posición»; la abreviatura «PP»; las «fechas exaltadas por el régimen depuesto»; las composiciones musicales conocidas como «Marcha de los Muchachos Peronistas» y «Evita Capitana»; los «fragmentos de las mismas»; y los discursos del «presidente depuesto» y de su «esposa». Establecía la caducidad de las «marcas de industria, comercio y agricultura»; y de las «denominaciones comerciales o anexas»; que consistían en las «imágines», los «símbolos» y los «demás objetos» señalados previamente. Y castigaba estas conductas con «prisión de treinta días a seis años»; «multa de m$n 500 a m$n 1.000.000»; «inhabilitación absoluta» por el doble del tiempo de la «condena», para el desempeño como «funcionario público» o como «dirigente político o gremial»; «clausura por quince días» en el caso de «empresas comerciales»; y «clausura definitiva» en el caso de «reincidencia». Las motivaciones del decreto-ley figuraban en sus «considerandos». Según los mismos, el «Partido Peronista» había creado «imágenes», «símbolos», «signos», «expresiones significativas», «doctrinas», «artículos» y «obras artísticas», como parte de una «intensa propaganda» que había engañado la «conciencia ciudadana». Tales objetos habían tenido como fin la difusión de una «doctrina» y una «posición política», que ofendían el «sentimiento democrático del pueblo Argentino» y constituían una afrenta que era «imprescindible borrar», porque recordaban una «época de escarnio y de dolor para la población del país» y configuraban un «motivo de perturbación» para la «paz interna de la Nación» y una «rémora» para la consolidación de la «armonía entre los Argentinos». A su vez, esas «doctrinas y denominaciones simbólicas» habían tenido el «triste mérito de convertirse en sinónimo» de las «doctrinas» y de las «denominaciones similares» de las «grandes dictaduras» de ese siglo que el «régimen depuesto» había parangonado. Esto hacía indispensable la «radical supresión» de dichos «instrumentos» o de «otros análogos» y la «prohibición de su uso» en el ámbito de las «marcas» y las «denominaciones comerciales». ¿Esto resulta familiar?

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Para Alfonso Prat-Gay, actual Ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, los argentinos somos cooptados cada diez años, por un «caudillo que viene del norte, del sur (…) de provincias de muy pocos habitantes, con un currículum prácticamente desconocido». De acuerdo a esta manifestación, una manifestación que se nutre con lo más concentrado del pensamiento sarmientino, la idea del «caudillo» remite a la imagen de un «bárbaro» que comandaba una «montonera», es decir, un conjunto desorganizado de «bárbaros armados» que estaba formado por «gauchos» que encarnaban la «barbarie» en su «expresión más radical». La ligazón del «caudillo» con una provincia de «muy pocos habitantes» nos coloca ante el «desierto», ante el escenario arquetípico de la «barbarie»: un escenario que estaba poblado por indios, negros, mestizos, mulatos, zambos y blancos que no defendían el «liberalismo económico», la «cultura europea y las «prácticas burguesas». Y, finalmente, la alusión a un «currículum prácticamente desconocido» no nos habla de los antecedentes de un político, sino de los antecedentes de un empresario. En otras palabras, nos hallamos ante la visión de un economista que, desde la posición de un «civilizado», presenta a la «política» o, con más exactitud, a la «política popular y nacional», como una expresión de la «barbarie». A tono con lo dicho, este representante de la ortodoxia económica considera que esa «barbarie» está en el Estado, en los empleados que trabajan para el mismo, en la «grasa militante»: una expresión llamativa que conecta el término «grasa» (que equivale a «negrada», «aluvión zoológico», «barbarie» y, por extensión, «peronismo», «populismo», «autoritarismo» y «demagogia»); con el término «militante» (que equivale a «práctica política» que favorece o pretende favorecer a los individuos que constituyen la «grasa»). Por dicho motivo, desde la postura de este economista, la concepción de la actividad del gobierno nacional como el acomodamiento de la «basura» resulta razonable porque la «grasa militante» no pertenece al mundo de lo humano.

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La vida es para los que pueden pagar los bienes y los servicios que son brindados por la sociedad. Quienes pueden pagarlos tienen derecho a disfrutarlos. El resto carece de tal derecho. Y no lo tiene aunque piense sinceramente lo opuesto. De acuerdo al economista Javier González Fraga, la gestión anterior hizo creer a un «empleado medio que su sueldo medio servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior». Tal actitud configura un engaño y una crueldad. Desdibuja la «diferencia» que existe entre las clases. Y subestima a la gente porque, conforme lo afirmado por el Ministro de Energía y Minería Juan José Aranguren, el consumidor deja de «consumir lo que considera alto». Mas, no podemos equiparar al individuo que no compra un automóvil de lujo por lo elevado de su precio con el individuo que no compra un kilo de pan o un litro de leche por la misma razón. Unicamente, quien apoya a un presidente que gobierna para los ricos o, mejor dicho, para los más ricos, puede aceptar con tranquilidad que una persona no pueda adquirir un producto que satisface una necesidad básica o una comodidad mínima porque no tiene el dinero necesario para realizar dicha adquisición. Los que exteriorizan esta actitud presentan dos características. Por un lado, ponen o tratan de poner el pie sobre los que definen como «inferiores». Y, por el otro, bajan la cabeza ante los que ven como «superiores», aunque esa visión esté desvirtuada por cuestiones personales. Así, nuestro Ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, en lugar de pedir perdón a los que revistan entre los desocupados por culpa de su política económica, pide perdón a los empresarios españoles que obtuvieron ganancias extraordinarias en los últimos años, superando el grado de servilismo demostrado por Julio Argentino Roca (h), y Guillermo F. Leguizamón, tras la firma del Tratado Roca – Runciman, en la «Década Infame».

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En contraposición con los profetas del Antiguo Testamento, estos cruzados del neoliberalismo no se preocupan por los «huérfanos», las «viudas», los «extranjeros» y los «pobres». Al contrario, tienen una cuestión personal con ellos. Por ejemplo, quienes convirtieron a Zamba —el personaje animado del canal de televisión Pakapaka que enseñó la historia argentina a millones de chicos, desde la perspectiva de un niño formoseño que viaja a través del tiempo— en un conjunto de pedazos que quedaron tirados sobre el suelo, con una saña que resulta indisimulable, no destruyeron algo que, según el Ministro de Medios y Contenidos Públicos Hernán Lombardi, estaba podrido por dentro. Destruyeron una ilusión: una ilusión que alimentaba la imaginación de los chicos. Para estos, Zamba era más que un objeto inanimado. El estaba vivo. Era un niño que le hablaba al resto de los niños en su idioma. Era un niño que compartía sus juegos. Y era un niño que, además, comentaba con una cuota de humor los hechos importantes de nuestro pasado. En su compañía, los pequeños dialogaban con Manuel Belgrano, José de San Martín y Simón Bolívar. Participaban en la jura de la bandera, en el cruce de la Cordillera de los Andes, en la Entrevista de Guayaquil y en el Combate de la Vuelta de Obligado. Comprendían el significado de la última dictadura. Y, sin advertirlo, obtenían los beneficios de una experiencia que reunía el entretenimiento y el conocimiento. Pero, ahora, su destrucción por quienes dicen que están preocupados por la niñez y la infancia nos coloca en una situación complicada. ¿Qué haremos con los pequeños? ¿Qué les diremos? ¿Los transformaremos en los destinatarios de una mentira piadosa para preservar su inocencia? O, en cambio, ¿les confiaremos la verdad?

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¿Qué podemos hacer cuando advertimos que las palabras no tienen la posibilidad de describir la realidad en la totalidad de su dimensión? ¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos escribir? A veces, cuando la realidad elude a las palabras que intentan expresarla, el silencio es más conveniente y más respetuoso. Pero, las palabras no fueron creadas para que las personas las guarden en el fondo de un arcón. Todas, sin excepción, fueron concebidas para que alguien las pronuncie y para que alguien las escriba, es decir, para que alguien las utilice e, incluso, para que alguien las utilice en la empresa paradójica de describir lo indescriptible. Entonces, en esos casos, ¿debemos conformarnos con acariciar la superficie de una realidad que oculta sus secretos más profundos detrás de un muro inexpugnable? No. No debemos hacer eso. Debemos escuchar al pueblo. En este sentido, las multitudes que protagonizaron la sucesión de huelgas, movilizaciones, manifestaciones, piquetes y campamentos que se produjeron en los últimos tiempos; al igual que las multitudes que conmemoraron el cuadragésimo aniversario del inicio de la última dictadura, acompañaron la presentación de Cristina Fernández en el juzgado de Claudio Bonadio y protestaron contra la política de despidos del gobierno nacional, el veto de la ley de emergencia ocupacional y la violencia de género; fueron elocuentes. A seis meses del final de un mandato y el comienzo de otro, nadie puede negar que estamos presenciando un enfrentamiento entre la parte movilizada de un pueblo que empuja a su dirigencia política, gremial y social, con la firmeza de sus demandas; y un gobierno que pierde su legitimidad de origen a medida que afecta las normas constitucionales, la libertad de prensa, la justicia y los derechos de las mayorías, con sus decisiones oficiales: circunstancia que renueva la confrontación que existe desde 1810, entre dos modelos de país que son incompatibles desde más de un punto de vista (el de una entidad soberana y el de una entidad colonial). A pesar del resultado de las elecciones; de la ventaja de la fuerza política que domina el Estado nacional, el Estado bonaerense y el Estado porteño; y del poder de los medios comunicacionales; miles y miles de ciudadanos defienden sus opiniones en la mesa del hogar y las mesas del bar, manifiestan sus ideas a través de las redes sociales y las radios que les permiten expresarse libremente, denuncian, reclaman y plantean sus objeciones en los estrados judiciales, entre otras acciones. Es cierto. Una parte de los afectados no reacciona. No dice ni hace nada. Sólo está quieta y silenciosa. Sin embargo, la otra entiende que se encuentra en un barco que se hunde poco a poco, por la impericia del capitán y la tripulación, con los que viajan en la tercera clase, en la segunda e, incluso, en la primera. ¿Qué sucederá con esta embarcación en los próximos días, en las próximas semanas y en los próximos meses? Sin duda, su destino dependerá en muchos sentidos de lo que nosotros permitamos que acontezca.

miércoles, 20 de abril de 2016

Consideraciones de un día lluvioso

por Elías Quinteros

Casandra, la hija del rey Príamo y la reina Hécuba que oficiaba como sacerdotisa del dios Apolo, predijo que el caballo de madera que los griegos habían dejado en la playa, antes de abandonar las costas del reino, iba a provocar la caída de Troya. Pero, los troyanos no le creyeron porque ella, por obra de un castigo divino, arrastraba una condena terrible: la de efectuar predicciones que la gente no tomaba en serio. A raíz de esta cuestión, los troyanos desoyeron las palabras de la sacerdotisa. Introdujeron el caballo en su ciudad ignorando que el mismo tenía un grupo de guerreros enemigos en su interior. Celebraron el final de la guerra. Se embriagaron. Y, finalmente, se durmieron. Durante la noche, mientras todo estaba en calma, los guerreros salieron del animal. Mataron a los centinelas. Abrieron las puertas que imposibilitaban la entrada de su ejército. Y contribuyeron de tal modo a la destrucción de esa urbe. Esta historia, narrada y narrada a través de los siglos, demuestra que Casandra no era una persona creíble, más allá de la causa que explica o trata de explicar su falta de credibilidad. Y, además, trasluce otro asunto. Tras diez años de guerra, es decir, diez años de padecimientos y muertes, los troyanos necesitaban escuchar que el conflicto bélico había terminado, que los griegos habían huido y que ellos habían triunfado. Por lo tanto, no verificaron la partida de la flota griega, ni revisaron el interior del caballo de madera. Vieron lo que deseaban ver. Oyeron lo que deseaban oír. Y creyeron en lo que deseaban creer.


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En concordancia con lo dicho, en más de una ocasión, más de uno predijo que el triunfo electoral de Mauricio Macri iba a provocar el sufrimiento del pueblo. Sin embargo, y a semejanza de Casandra, quienes realizaron dicha predicción no fueron escuchados por una parte considerable de la ciudadanía. Increíblemente, más de la mitad de la sociedad apostó a un gobierno conservador. Es decir, apostó a un gobierno que, por la circunstancia de presentar tal característica, no privilegia la satisfacción de las necesidades que afectan a los sectores populares. A ciencia cierta, en una democracia, la asunción de un gobierno conservador por el voto del pueblo constituye una paradoja y, a la vez, una trampa. Al fin y al cabo, si todo va bien, la mayoría paga el festín de la minoría que resulta beneficiada por la gestión gubernamental. Y, en cambio, si todo va mal, la mayoría paga el costo de la crisis. En otras palabras, la mayoría siempre paga. Siempre. Por ende, quien contribuye al triunfo de esta clase de gobierno, a pesar de no pertenecer a los sectores conservadores, es alguien que vota en contra de sus intereses. Es alguien que vota en contra de su progreso personal. Y es alguien que vota en contra de sus hijos. Pero, entonces, ¿por qué millones de personas que mejoraron económica y socialmente, durante el transcurso de la última década, por la obra de un gobierno popular, nacional y latinoamericano, eligieron un gobierno que representa lo opuesto? ¿Por qué? En verdad, podemos dar muchas respuestas si buscamos con un poco de atención. Sin duda, entre los votantes de Mauricio Macri, hallamos de todo: individuos que pertenecen a los sectores conservadores; que suponen ingenuamente que pertenecen a estos sectores; que defienden los intereses de los sectores ya citados, aunque no integren sus filas, porque obtienen algún beneficio al proceder así; que odian a Cristina Fernández; que odian al kirchnerismo; que odian al peronismo en general; que no fueron alcanzados por las políticas sociales que Néstor Kirchner y Cristina Fernández implementaron durante sus mandatos; que supusieron que las conquistas políticas, económicas y sociales realizadas durante la Década Ganada eran irreversibles; que creyeron que el macrismo era la continuación natural y prolija del peronismo; etc. Por lo tanto, no podemos visualizarlos como un conjunto homogéneo.

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Quienes fueron elegidos por esos votantes están desesperados. Su desesperación es inocultable. Por desgracia, no entienden o no quieren entender que la postración de la nación y, en consecuencia, del pueblo, por obra de las medidas que implementan a diario, va a arrastrarlos de un modo irremediable e irreversible. Hasta el momento, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para beneficiar a unos pocos, en perjuicio de la mayoría, con un espíritu revanchista que recuerda el año 1955: liberaron la compraventa de dólares, devaluaron la moneda nacional, incrementaron la inflación, eliminaron las retenciones agropecuarias y mineras, echaron a miles de trabajadores estatales, crearon las condiciones para que miles de trabajadores privados perdiesen sus empleos, arremetieron contra la simbología kirchnerista, etc. Es decir, tomaron decisiones que alegraron y alegran a los más ricos con una eficiencia admirable. Mas, no fueron capaces de crear e implementar un plan económico. Desde su perspectiva, todo depende del dinero que pueda venir de afuera. Esta necesidad los condujo a asumir una actitud de complacencia con los fondos buitres que litigaron contra la Argentina, a aceptar las pretensiones de ellos y, en definitiva, a dejar las llaves de la nación en un juzgado extranjero. Verdaderamente, la sumisión del Poder Ejecutivo a las presiones de unos especuladores internacionales es un hecho lamentable y humillante. Pero, la conversión del Poder Legislativo en un cómplice de esta conducta resulta incalificable.

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Los legisladores que votaron a favor de la derogación de la Ley N° 26.017 o Ley Cerrojo y la Ley N° 26.984 o Ley de Pago Soberano no van a quedar en la historia como unos patriotas que hicieron lo correcto; ni como unos individuos realistas que resolvieron las secuelas de un problema grave y prolongado, de una manera práctica, a pesar de lo elevado de su costo; ni como unos visionarios que apoyaron la concreción de un buen negocio. Van a quedar como todos los que avalaron la sanción de leyes escandalosas que afectaron los derechos de las personas y los intereses de la nación. En otras palabras, van a quedar en la memoria colectiva como todos los que aprobaron la Ley de Punto Final, la Ley de Obediencia Debida, Ley de Reforma del Estado o la Ley de Convertibilidad. Por dicha razón, aunque traten de justificarse, sus argumentos son falaces, tan falaces que ni ellos mismos los creen. Algunos apoyaron la derogación de estas normas porque integran o representan a los sectores que se benefician con la gestión gubernamental y, en especial, con el endeudamiento nacional; otros, porque aceptan la disciplina partidaria; otros, porque suponen que la proximidad con el oficialismo puede reportarles un rédito político; y, otros, porque esperan que el Poder Ejecutivo les arroje un hueso. Sin embargo, nadie o casi nadie lo hizo pensando en la patria. Cada uno aportó lo suyo para que el Congreso Nacional fuese el escenario de un acto vergonzoso. Y, además, cada uno contribuyó a incrementar el desprestigio que envuelve a una parte de la clase política. El daño institucional es inmenso. Cuando las consecuencias de esta medida sean percibidas por el grueso de las personas, la sociedad va a repudiar a sus autores. Y cuando eso suceda, muchos no tendrán otra alternativa que la de esconder su rostro como el avestruz.

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Nos guste o no, nuestra vida cambiará. Por el aumento de los alimentos, comeremos menos. Y, por ende, no tendremos los problemas de las personas que tienen exceso de peso. Reemplazaremos la carne de vaca con la carne de pollo y la carne de pollo con los huesos de éste ya que son buenos para hacer una sopa. Dejaremos los postres. Aumentaremos la cuota semanal de arroz y fideos. Y aprovecharemos el pan viejo para hacer tostadas y budines. Por el aumento de la electricidad, viviremos austeramente, sin cosas superfluas como una televisión, un equipo de música y una computadora. Sustituiremos las lámparas del hogar con un sol de noche, el sol de noche con unas velas y las velas con unos fósforos. Nos acostaremos temprano. Y, por eso, dormiremos y descansaremos más. Lavaremos la ropa a mano para evitar el uso del lavarropas. Llevaremos nuestras prendas con arrugas para evitar el uso de la plancha. Subiremos por la escalera para evitar el uso del ascensor. Y, durante el verano, suplantaremos el aire acondicionado con un ventilador, el ventilador con un abanico y el abanico con unas ventanas abiertas. Por el aumento del gas, prescindiremos de las comidas que requieren la utilización de un horno. Y, durante el invierno, nos ducharemos en un minuto para usar el calefón con mesura. Lavaremos los platos, los cubiertos y los vasos con agua fría. Suplantaremos la estufa con las hornallas de la cocina. Y estaremos dentro de los ambientes con pulóveres, camperas y sobretodos. Por el aumento del teléfono, hablaremos personalmente en lugar de hacerlo a través de un aparato: algo que mejorará la comunicación humana. Y, por el aumento de los combustibles, los peajes y las tarifas del transporte público, caminaremos en lugar de viajar en un automóvil particular, un taxi, un colectivo, un subte o un tren: lo cual beneficiará nuestra salud y nuestra vida ya que haremos una actividad física y, por otro lado, reduciremos la contaminación ambiental.

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Más allá de lo expuesto, día a día, nuestro sistema republicano, federal y democrático se desdibuja. La división de poderes, base fundamental de una república, se convierte poco a poco en una ilusión que no puede ocultar ni disimular la influencia del Poder Ejecutivo sobre los dos restantes. Los gobiernos provinciales danzan alrededor del presidente de la Nación, a cambio de unas chirolas que les permitan llegar a fin de mes. Los medios de comunicación masiva protegen al gobierno nacional, desde la mañana hasta la noche, con un cerco informativo que sólo es desafiado por las pocas voces de la oposición que pueden expresarse libremente. Un conjunto de funcionarios que experimentan la embriaguez del poder desmantelan en forma gradual los planes educativos, sanitarios, laborales y asistenciales que beneficiaban a miles y miles de individuos, para transformar al Estado en una entidad eficiente. Y, en medio de un caos que se agiganta con el paso del tiempo, dos clases de estafados caldean el ambiente de la sociedad: los que dicen que no votaron a Mauricio Macri para que los precios subiesen, la gente perdiese sus empleos y las tarifas de los servicios públicos aumentasen de una manera brutal; y los que dicen que no votaron a algunos candidatos de la oposición para que el oficialismo hallase en ellos a unos aliados inesperados. Así, la indignación crece. La bronca se acumula detrás de cada mirada silenciosa. Las protestas se multiplican adquiriendo la forma de paros, marchas, piquetes, manifestaciones y cacerolazos. Y el futuro aparece en el horizonte como un interrogante que deja una siembra de incertidumbre y preocupación. En este contexto, la concentración multitudinaria del 24 de marzo, en la Plaza de Mayo, a favor de la vigencia de los derechos humanos y en contra de la visita del presidente estadounidense; y la del 13 de abril, en los Tribunales Federales de Comodoro Py, a favor de Cristina Fernández y en contra del encarcelamiento de la ex mandataria; revelan la existencia de una capacidad de reacción y organización popular que despierta y sustenta la esperanza.

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El pueblo es el custodio de la democracia. Y, si no lo es, debe serlo. Esa es una obligación indelegable. En estos momentos, quienes fueron elegidos por la ciudadanía y quienes fueron designados por los funcionarios que obtuvieron el apoyo de las urnas no gobiernan para los sectores populares. Al contrario, lo hacen para una porción minoritaria. Por ende, la movilización del pueblo es legítima. Nadie que razone adecuadamente puede pretender que el grueso de la sociedad acepte con mansedumbre las medidas económicas que afectan a millones de individuos, ni que los beneficiados por la gestión anterior aparten de sus pensamientos a la responsable de los beneficios que tuvieron. Por ese motivo, la multitud que se concentró ante los Tribunales Federales de Comodoro Py, a pesar de la lluvia que caía sobre la ciudad de Buenos Aires, evidenció con su presencia y su magnitud la distancia que existe entre la democracia que tuvimos y la democracia que tenemos. “Cada vez que un Movimiento Político de carácter Nacional y Popular fue derrocado o finalizó su mandato —de acuerdo a una parte del texto que Cristina Fernández dejó en los estrados judiciales— las autoridades que lo sucedieron utilizaron en forma sistemática la descalificación de sus dirigentes, atribuyéndoles la comisión de graves delitos, siempre vinculados con abusos de poder, corrupción generalizada y bienes mal habidos”. “Sin embargo, los verdaderos motivos siempre fueron los mismos: por un lado, barrer con las conquistas logradas y los derechos adquiridos por la sociedad en sus diferentes estamentos y actividades; por el otro, imponer programas de ‘ajuste’ y endeudamiento -matrimonio indisoluble- utilizando la supuesta corrupción para ocultar ambos objetivos. Con el correr de los años cada uno de esos supuestos ‘procesos moralizadores’ devinieron en formidables transferencias de ingreso y patrimonio de las grandes mayorías a las elites gobernantes y sus grupos económicos vinculados, saliendo a la luz los escandalosos mecanismos de corrupción para hacer operativas esas políticas”. “(…) lo que sucede en la actualidad debe ser inscripto en un contexto político e institucional que se ha repetido a lo largo de nuestra historia: los avances y retrocesos que en materia de derechos y bienestar han sufrido en el pasado y vuelven a sufrir hoy los argentinos”. “(…) una vez más la historia se repite y el pasado vuelve a atrapar a los argentinos: endeudamiento, devaluación, despidos, persecuciones políticas, tarifazos en servicios públicos esenciales e indispensables, estampidas imparables de precios, comercios cerrados, industrias en crisis, censura y cercenamiento a la libertad de expresión, son sólo algunas de las calamidades que el nuevo Gobierno ha provocado en apenas 120 días (…)”. Tales palabras coinciden con un pasaje del discurso pronunciado unos instantes más tarde, en la calle, ante la multitud que la aguardaba: “(…) ¿cuál es el hilo conductor de cada uno de estos procesos moralizadores? (…) ¿Eran moralizadores? No, venían por los derechos, las conquistas que habían logrado millones de argentinos que habían mejorado su vida en esos proyectos políticos, que no es otra cosa que el movimiento nacional y popular que se encarna en las distintas épocas bajo distintas formas (…)”.