miércoles, 18 de octubre de 2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Con dios y el diablo por Elías Quinteros



CON DIOS Y CON EL DIABLO

Elías Quinteros

Después de la realización de un proceso electoral, cualquiera se tropieza con dos clases de votantes: los que ganaron y los que perdieron. Por otro lado, también se topa con dos clases de perdedores: los que saben que perdieron y los que suponen que ganaron porque jugaron para el equipo de los ganadores. Teniendo tal conclusión en cuenta, ¿qué calificación le corresponde a cada uno tras la elección de las autoridades de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, por los profesores, los graduados y los estudiantes de las Carreras de Ciencia Política, Ciencias de la Comunicación, Relaciones del Trabajo, Sociología y Trabajo Social? Sin duda, para todos los que son conscientes de la derrota, estos son momentos adversos, momentos que forman parte de un tiempo de desastres y triunfos que se limitan a compensar o atenuar algunas de las calamidades padecidas, momentos que convocan a los fantasmas del desconcierto, la decepción, el cansancio y el abatimiento. Es cierto. La suerte favorece a los cruzados del neoliberalismo autóctono. Mas, en este presente tan aciago, eso no debe provocar el estupor de nadie. Guste o no, hasta que los vientos del destino no cambien de dirección, los días de muchos serán oscuros y, en el mejor de los casos, grises y opacos. Innegablemente, la Facultad de Ciencias Sociales no es una isla dentro de la Universidad de Buenos Aires. Y ésta, a su vez, tampoco es una isla dentro del país. Todo está conectado. Y lo que sucede en un extremo de la cadena, tarde o temprano, repercute en el otro. ¿Esta afirmación significa que lo efectuado para modificar el curso de las cosas fue en vano? No. Aunque parezca lo contrario, no significa eso. Sólo significa que las empresas no resultan exitosas, a pesar de la voluntad y el esfuerzo de quienes las promueven, cuando el momento, el lugar y el contexto no son los adecuados. No obstante las dificultades, cada uno se comprometió a su manera. Cada uno hizo lo suyo. Cada uno colaboró en la medida de sus posibilidades Y, por este motivo, quienes se aferraron a sus convicciones más profundas deben estar tranquilos con su conciencia, más allá de lo que puedan sentir o pensar en este instante. Ninguno vendió sus principios, ni cambió de vereda, ni traicionó a los que quedaron en este lado de la calle.

¿Por qué los que ganaron no celebran con sinceridad su triunfo? ¿Por qué pretenden que todos crean que mostrar los dientes en un autorretrato fotográfico equivale a una sonrisa auténtica, a una prueba inequívoca de alegría y felicidad? ¿Por qué dedican su tiempo a discutir con los que perdieron, de un modo descontrolado y agresivo, a través de las redes sociales, en lugar de destinarlo a festejar su hazaña? ¿Por qué están tan enojados? ¿Por qué sienten que deben defenderse a cada momento si, de acuerdo a sus afirmaciones, las acusaciones que los tienen por destinatarios son ridículas? Aunque varios sostengan lo opuesto, las elecciones de la Facultad de Ciencias Sociales no constituyeron una «interna del kirchnerismo». La presencia inocultable e inconfundible de antikirchneristas rotundos y rabiosos en uno de los bandos, demuestra que la descripción de lo sucedido como un enfrentamiento entre los dos sectores que emergieron con la partición de la fuerza gobernante, carece de un fundamento serio y confiable. Desde hace un tiempo más que notorio, el término «kirchnerismo», al igual que sus derivados, es utilizado para demonizar a una parte de la sociedad. Y, cuando esto no produce el resultado esperado, también es empleado para conducir o para tratar de conducir a las expresiones del campo nacional y popular por terrenos plagados de minas y cazabobos. Vivar a Néstor Kirchner y a Cristina Fernández no alcanza para pasar por un seguidor de ellos. No es suficiente. Y, en líneas generales, la agrupación «Sociales x venir» es una muestra contundente de lo dicho. Sin embargo, tal aspecto no configura lo más llamativo de todo. Al contrario, la particularidad más destacable e inquietante se encuentra dada por la colaboración de figuras conocidas y respetadas que no encuadran dentro de los parámetros del neoliberalismo.

¿Por qué razón individuos tan renombrados como Daniel Filmus, Jorge Taiana, Hernán Brienza, Ricardo Aronskind y Rubén Dri, optaron por el sector rupturista? ¿Qué los llevó a compartir un espacio con personas que están vinculadas a Emiliano Yacobitti, Martín Lousteau y Gerardo Morales? ¿Qué los impulsó a apoyar una lista que, luego de la difusión de su triunfo, originó la alegría de Laura Alonso, una de las figuras más representativas de la coalición gobernante? ¿Qué ganan con ello? ¿Qué suponen que preservan o evitan? En principio, ya perdieron algo: la simpatía de muchos jóvenes que ven con desazón la caída de una parte de sus ídolos y que, incluso, piensan que no corresponde votar en las elecciones de octubre, a los que se enfrentan con los integrantes de «Cambiemos» en la ciudad de Buenos Aires y, paradójicamente, se juntan con los mismos en la Facultad de Ciencias Sociales. En verdad, la futura decana Carolina Mera puede cuestionar en un reportaje el endeudamiento del país, el fallo de la Corte Suprema de Justicia que validó el «dos por uno», el desfinanciamiento del sistema educativo, la represión de los docentes, la detención de Milagro Sala y la desaparición de Santiago Maldonado, con el objeto de diferenciarse del gobierno. Pero, los rostros aparecen en las fotografías y los nombres, por su parte, constan en las listas de candidatos y en las solicitadas de apoyo. Entre los que vieron esto, los graduados de la Carrera de Sociología merecen una mención especial. A semejanza de los egresados de cualquier carrera, facultad y universidad, ellos tienen sus particularidades. No son como los profesores —aunque, quizás, enseñen—, porque no adquirieron tal condición a través de un concurso de antecedentes. Tampoco son como los estudiantes —aunque, quizás, cursen un profesorado, una maestría o un doctorado—, porque ya tienen un título de grado. Están adentro y afuera del mundo universitario. Simbolizan a la juventud que alcanzó la madurez y a la madurez que no perdió su juventud. Constituyen el nexo entre los unos y los otros. Y, por su apuesta a favor del actual decano, configuran un pilar esencial de la reserva intelectual y política de una casa de estudio que, en concordancia con lo manifestado por alguien que sabe algo del tema, se encamina hacia un suicidio institucional.

Ahora, con el partido definido, el sendero está libre para que la Facultad de Ciencias Sociales encastre a la perfección con el resto de la Universidad de Buenos Aires. Ciertamente, las disonancias sonoras, a excepción de las buscadas a propósito por el creador de una composición musical, suelen ser desagradables y molestas. Por eso, la interpretación de una misma partitura, por parte del Decanato y el Rectorado, luego de la asunción de las nuevas autoridades, es una posibilidad que puede asumir la fisonomía de una realidad. La concreción total o parcial de esa posibilidad depende, entre otras cuestiones, de la actitud de los que no piensan como los que triunfaron en estos comicios y, por ende, de la conducta de los que pueden oponer una resistencia efectiva, con herramientas políticas y legales, dentro de un marco democrático e institucional. Si nos guiamos por la Resolución de la Junta Electoral N° 39, del 20 de septiembre del año en curso, que elevó al Decano de la Facultad los resultados definitivos de las elecciones (www.sociales.uba.ar), los que apoyaron la actual administración representan a la mitad de los profesores y a la mayoría de los graduados. Por tanto, el escenario que se despliega ante cada uno de nosotros es interesante. ¿Qué sucederá con exactitud? Nadie puede predecirlo. No obstante, algo es seguro. Ninguno puede estar durante mucho tiempo con Dios y con el Diablo. Y, como consecuencia de tal verdad, quienes pretenden hacerlo, en algún momento, deberán definirse pública y contundentemente.