LOS QUE SURGIERON DE LA «NADA»
Elías Quinteros

Esas multitudes —además de sorprender a propios y extraños, con su presencia y su dimensión—, aplaudieron a los integrantes del ejército, la marina, la aviación, las fuerzas de seguridad y la policía que desfilaron por la Avenida 9 de Julio, mientras el aire transportaba de tanto en tanto las notas y los versos de la Marcha de San Lorenzo. Celebraron el paso de las delegaciones que representaban a las provincias y a las colectividades. Siguieron con detenimiento a los miembros de Fuerza Bruta que recrearon la historia argentina sobre el asfalto de la Diagonal Norte, con la ayuda de unas estructuras alegóricas y gigantescas que requerían la intervención de camiones y grúas. Visitaron los puestos que, alineados a cada lado de la «avenida más ancha del mundo», conformaron el Paseo del Bicentenario y, en particular, los de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Agotaron los alimentos de los comercios que estaban en los alrededores. Y, finalmente, vibraron, cantaron y bailaron ante el Escenario Principal, con las interpretaciones de Litto Nebbia, Miguel Cantilo, Víctor Heredia y León Gieco, con las de Teresa Parodi, Jaime Torres, los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Chaqueño Palavecino y Soledad Pastorutti, y con las de Rodolfo Mederos, Horacio Salgán, Ubaldo de Lío, Leopoldo Federico, Susana Rinaldi y Fito Páez: artistas que, por otra parte, estuvieron acompañados por Jaime Roos, Los Olimareños y los murgueros de Agarrate Catalina, de Uruguay; Gilberto Gil, de Brasil; Lizza Bogado, de Paraguay; Los Kjarkas, de Bolivia; Los Jaivas, de Chile; Totó la Momposina, de Colombia; y Pablo Milanés, de Cuba.


Sin lugar a dudas, la actitud de los que celebraron el Bicentenario no coincide con la de aquellos que, de acuerdo a algunos comunicadores y algunos políticos, viven en un estado de crispación permanente. Por el contrario, quienes aprovecharon la oportunidad de intervenir en los festejos, kirchneristas y no kirchneristas que estaban lejos de experimentar el famoso antikirchnerismo que es enarbolado por una parte de la oposición, demostraron que no tenían la necesidad de escapar de una realidad desagradable y dolorosa por medio de un acontecimiento que los aturdiese momentáneamente, sino el deseo de estar en una celebración genuina y legítima como consecuencia de un contexto que, a pesar de sus aspectos negativos, no puede ser asimilado al de otras épocas, ni al de otros países. Asimismo, quienes procedieron de esa forma convalidaron en la práctica una decisión acertada del gobierno: la de organizar una fiesta de carácter popular y participativa, en un marco que tuviese la finalidad de rescatar el nombre de las personas que fueron ignoradas, demonizadas o caricaturizadas por la «historia mitrista»; de reivindicar la participación de los pueblos originarios y de las colectividades extranjeras en la formación de la sociedad argentina; de resaltar la importancia de la vigencia de la constitución, de la práctica de la democracia y del respeto de los derechos humanos, como un medio adecuado para superar un pasado dramático y, en ciertas ocasiones, tenebroso; y de valorizar el rol de las provincias y de las naciones de Latinoamérica en el proceso de integración nacional y continental, respectivamente.
La inauguración de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos dentro de la Casa Rosada, por parte de la presidenta de la Nación, en una ceremonia oficial —algo impensado en otros tiempos, a raíz de su connotación ideológica—, constituye un símbolo de lo dicho hasta aquí. Al respecto, la presencia de Manuel Belgrano, José de San Martín, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Eva Perón, en un sector de la Casa de Gobierno, mediante un conjunto de obras pictóricas y fotográficas, trasluce una postura revisionista de la historia y, en consecuencia, una visión diferente de la realidad. A su vez, la concurrencia de Túpac Amaru II, José Gervasio Artigas, Bernardo O‛Higgins, Simón Bolivar, Francisco Solano López, José Marti y Ernesto «Che» Guevara, junto con la de Emiliano Zapata, Pancho Villa, Lázaro Cárdenas, Augusto César Sandino, Víctor Raúl Haya de la Torre, Getúlio Vargas y Salvador Allende, entre otros, encierra una lección valiosísima e inquietante: la imposibilidad de efectuar un proyecto liberador sin la colaboración del resto del continente. Dicho proyecto —por su finalidad, dimensión y complejidad—, requiere la comprensión, el apoyo y la movilización de los sectores populares: únicos actores que pueden posibilitar su realización si demuestran tener la capacidad necesaria para mantener la unidad a pesar de los obstáculos que puedan surgir en el camino y, del mismo modo, para promover, sustentar, defender y consolidar las posiciones que los beneficien con amplitud. Desde este punto de vista, tan sólo la acción coordinada de un movimiento político y social de corte policlasista que, sin excluir a otros referentes de la realidad, privilegie a los empresarios y los comerciantes medianos y pequeños, los profesionales, los empleados, los obreros, los peones de campo, los cuentapropistas y los desocupados, puede encarar tal empresa con la probabilidad cierta de alcanzar el éxito.
Durante cuatro días y cinco noches, los que tuvieron el deseo de ser parte de un festejo masivo, sin imaginar la magnitud que alcanzaría, protagonizaron una «pueblada» que contrastó con la del 21 y 22 de diciembre de 2001, es decir, con la que derribó el gobierno de la Alianza, en medio de un contexto de inoperancia y represión. En esta oportunidad, todo fue diferente. El centro de la ciudad no tuvo el sonido de los gritos de las personas, ni el de los cascos de los caballos, ni el de las armas de la policía, ni el de las sirenas de las ambulancias, sino el de las palabras compartidas, el de las risas sinceras, el de los instrumentos musicales y el de los fuegos artificiales. Tampoco tuvo la imagen de las gomas que arden sobre el asfalto; o la de la sangre que yace sobre las veredas; sino la de las luces que alumbraban la extensión de las calles y las avenidas, las ramas de los árboles, las vidrieras de los comercios y los balcones de los edificios; y la de los colores que embellecían los uniformes de los militares, los trajes de los visitantes regionales, las figuras de las carrozas, las estructuras de los escenarios y las construcciones de los puestos oficiales que correspondían a las naciones, las provincias y las organizaciones sociales. En otras palabras, careció de la presencia de la ira, el dolor, la tristeza, la desesperanza y la amargura. Y, por el contrario, contó con la de la alegría, el ensueño y la vida. A veces, por una decisión misteriosa del destino, una persona tiene la ocasión de participar en el desarrollo de un hecho que presenta estas características o, en cambio, de presenciar dicho desarrollo desde una posición de privilegio. Tanto en un caso como en el otro, ese hecho es

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